Sobre Occidente y el comunismo organizado en él

By Luis Erraiz

Notas previas de un estudio sobre Los partidos comunistas en Occidente. Dentro del necesario proceso de comprensión de la realidad política contemporánea, consideramos imprescindible retrotraernos a la génesis de las diferentes cosmovisiones, e incluso meras opciones ideológicas, que han influido en la actual situación de la política internacional. Entre ellas, se encuentra la comunista.

Las notas son «Qué es Occidente», ya que estimamos oportuno concretar la extensión del término, tan ambiguo y abstracto e interrelacionado con el de «Europa» que puede prestar a confusión; y «Génesis del comunismo organizado», que aunque no trata con la profundidad requerida para una completa visión de su evolución, sí da alguna de las claves fundamentales.

Son, en todo caso, apuntes destinados a la divulgación académica, y nunca a la contribución a un debate en términos políticos serio y profundo. No obstante, si sirven tanto para la divulgación histórica o política, como para la creación o intervención de o en cualquier controversia política -y quizá metapolítica-, quedaremos satisfechos.

Por si acaso, allá van:

Qué es Occidente

El vocablo Occidente proviene, etimológicamente, de occidens, -entis, participio presente de occidere, caer, con clara alusión al lugar por el que cae el Sol.

Tradicionalmente ha servido para englobar al «conjunto de naciones del oeste de Europa y de las que proceden de ellas y tienen su misma civilización, por oposición a los países orientales, particularmente asiáticos»[1]. Aunque, tras la guerra de 1939-1945 quizás el uso más correcto sería el de conjunto de países que están alineados con los Estados Unidos de América.

Esta alineación es algo sumamente complicado. No podemos tratar a Occidente con un significado unívoco, porque, de hecho, tiene dos significados, uno político y otro cultural. En cuanto a lo político, en algún momento significó la organización cristiana de la vida, algo que más adelante se ha identificado con la adhesión a los principios económicos capitalistas o la adscripción a alguna de las organizaciones que la toman como requisito, bajo la máscara de la Democracia y la Libertad (la ONU, que ya tiene carácter universal; pero tenemos el caso de la OTAN, de exclusividad geográfica manifiesta en su mismo nombre). Es decir, se exige cierta tradición democrática.

Solo un pero cabe ponerle al requisito «democracia»: su definición debería ser tan abstracta para abarcar a todos los Estados que supuestamente la toman como forma de gobierno que la haría inútil. Además, en la época de la que tratamos los regímenes no coincidían precisamente con lo que hoy llamamos Democracia, al menos en la mayoría de los casos (y, cuando podría decirse que sí, ésta se llevaba a cabo con serias carencias, como el voto restringido o fraudes como el «turnismo» español).

En cuanto al significado cultural, éste requiere ascendencia greco-romana, lo cual se da en Europa y en los países descendientes, de algún modo, de estos. ¿Tendría, entonces, que incluirse a Iberoamérica[2]? ¿Y Filipinas, Australia, Sudáfrica? ¿Qué sucedería con el Japón post bellum, servil colaborador con los proyectos, no sólo estadounidenses, sino de la ONU en general? La Historia que conocemos es euro-céntrica, y así debemos interpretar el occidentalismo como realidad geopolítica. Es decir, Europa es Occidente, y se añaden a él sus aliados o fuerzas paralelas.

En la Edad Media, incluso hasta la mencionada II Guerra Mundial, Occidente se identificaba plenamente con Cristianismo. Es decir, Europa en su sentido más cultural, en el que no poca importancia tenía el aspecto político. Pero es obvio que si bien en esa época fue el Cristianismo el motor político, hoy no sucede así. La cultura cristiana como motor podría haber sido sustituida por otra de carácter más económico.

Hay que buscar por tanto el equilibrio, que lo encontramos al pedir ambas condiciones a los posibles occidentales. Así, tendríamos que pertenecen a Occidente los países de la Unión Europea[3] (Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, Italia, Letonia, Lituania, Irlanda, la República Checa, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Polonia, Portugal, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia, España, Suecia y el Reino Unido), los Estados Unidos de América, Canadá, Australia y Sudáfrica (independizada en 1910 del Reino Unido).

Excluimos a países que en ocasiones se ha incluido en Occidente, como Israel o algunos de Iberoamérica, de forma completamente consciente. En primer lugar, Israel, y no sólo porque es de recentísima creación. No sería impedimento si no fuera porque es realmente discutible su ascendencia greco-romana (a todas luces es exclusivamente hebrea). Sino también porque no ha participado en los avatares históricos de los últimos siglos de ningún modo. No hubo, además, comunismo allí, por lo que toda argumentación al respecto excede de nuestros propósitos.

En cuanto a Iberoamérica, porque son países de reciente independencia con ninguna estabilidad política democrática. Cierto es que a menudo se los considera occidentales, pero queda latente en geopolítica que pertenecen a un bloque del todo independiente, a pesar de las aproximaciones más o menos afortunadas de la URSS, en su momento, de España, a menudo y a través de las Cumbres Iberoamericanas, sobre todo, y de Estados Unidos, con influencias a menudo considerables como intrusiones inadmisibles.

Queda, por tanto, para nosotros, Occidente circunscrito a los países que, en el momento del nacimiento de los partidos comunistas conformaban lo que hoy es la Unión Europea, con sus variaciones territoriales a lo largo de la Historia del siglo XX, Norteamérica y Australia.

Pero el comunismo trascendente no se dio en todos los países europeos. Sería un exceso analizar la evolución del Partido Comunista de San Marino y el movimiento «Socialistas por la Reforma», pues si bien forma parte de Occidente, carece de toda importancia fuera de ese pequeño Estado. Por ello, parece más lógico entrar en los partidos comunistas de Occidente que han influido realmente en la política occidental, tanto por su lucha armada durante la II Guerra Mundial como por el prestigio intelectual de algunos de sus líderes, o los cambios sociales llevados a cabo por sus masas militantes.

Génesis del comunismo organizado

El padre del comunismo es el prusiano Karl Hienrich Marx (1818-1883). Junto con Friedrich Engels desarrolló una serie de teorías que quedaron cristalizadas en un libro sumamente complejo, El Capital. Se basaron para ello en la filosofía hegeliana y de Feuerbach, en la doctrina de economía política de Adam Smith, padre del liberalismo, y en el socialismo utópico nacido durante el Directorio en la Francia revolucionaria, entre 1795 y 1799. Debemos por ello colocar como antecedentes de Marx y Engels a pensadores como Robert Owen, Charles Fourier y Saint-Simon.

Lo cierto es que situar a Marx como padre del comunismo es real, pero no precisa nada, por lo ambiguo del hecho. Hijos ideológicos de Marx se han considerado desde socialdemócratas hasta anarquistas. Más, incluso, que muchos comunistas. Por ello, la realidad del comunismo debe verse desde la historia. Con ello, serán las sucesivas Internacionales las que darán la clave para entenderlo.

La Primera Internacional fue la Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en Londres en 1864. Entre sus asistentes encontramos a sindicalistas, anarquistas, socialistas, meros republicanos,… En definitiva, trataban de organizar a los trabajadores y una puesta en común de problemas y soluciones. De ahí el subtítulo «¡Proletarios del mundo, uníos!».

En aquellas reuniones, que tuvieron lugar como consecuencia de otras que en 1862 tuvieron los sindicalistas de la Trade Union con los franceses enviados por Napoleón III, Karl Marx se impuso frente a los socialistas utópicos. Reunidos en el Saint Martin´s Hall, consiguieron la redacción de unos puntos comunes.

Fue en el V Congreso, en La Haya en 1872, en el que tuvo lugar la primera escisión. Karl Marx encontró la oposición del ruso Mijaíl Bakunin, preclaro teórico del anarquismo. Llevaba éste algunos años fugado en Inglaterra y Suiza, tras huir de un campo de concentración en Siberia aprovechando un permiso. Había fundado en 1868 la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, agrupación anarquista suiza que influyó en media Europa. Sus partidarios fueron expulsados.

Los conflictos se debían a las diferentes concepciones de la lucha. Mientras Bakunin pretendía que la Internacional fuera una coordinadora de movimientos revolucionarios autónomos y sin órgano de dirección común, Marx, en cambio, consideraba que unificar el control del movimiento obrero. Diferían también en el método de para llegar al comunismo, unos pretendiendo la dictadura (el comunismo sería una forma avanzada de capitalismo) y otros la abolición del Estado. Al fin y al cabo, unos querían partidos políticos y otros sindicatos revolucionarios.

Queda en medio, mientras tanto, la tesis de Proudhon, que en ¿Qué es la propiedad?, avanza en la configuración filosófico-política del anarquismo y el marxismo al definir ciertos tipos de propiedad como un robo que permanecerá hasta la desaparición del aparta estatal.

Con todo, el Consejo General de la AIT se trasladó hasta Nueva York, donde se disolvió de inoperatividad en 1876. Los anarquistas, por su parte, con la Federación del Jura[4] a la cabeza, constituyeron la Internacional de Saint-Imier, que se disolvió en 1876.

Entre los herederos de Marx se encuentran los socialdemócratas, que consideraban que el comunismo era posible, no con una revolución, sino incluso desde el capitalismo y una sistema de partidos. Pues bien, la Segunda Internacional tuvo precisamente un corte socialdemócrata. La diferenciación entre ellos y los comunistas fue una tarea que hubo de llevarse a cabo durante nada menos que tres congresos. Se creó en 1889 por diversos partidos socialistas europeos y el laborismo inglés. En 1900 se formó el Buró Socialista Internacional, órgano ejecutivo permanente a instancias del Congreso de París[5].

Quizás la única medida que ha tenido repercusión hasta hoy sea la declaración del primero de mayo como Día Internacional del Trabajo, en 1889.

La inoperatividad quedó latente con la división de los grupos, que a menudo anteponían los intereses de los respectivos Estados a los de la clase trabajadora que decían defender.

Por ello, en 1919 se creó una nueva Internacional, esta vez claramente posicionada con el apelativo de Comunista, secuela de la Revolución Rusa de 1917. Es, pues, la Tercera Internacional, el famoso KOMINTERN. Mientras, la Segunda Internacional luchaba por reorganizarse tras el desastre de la Gran Guerra, cosa que a duras penas logra al reunirse en Ginebra un año después. Como muchos partidos se negaron a seguir en ella, a pesar de tener posturas socialdemócratas, crearon una nueva organización. Se trata de la Internacional de Viena, llamada de forma burlesca «la Dos y medio». Tuvo como base la Unión de Partidos Socialistas para la Acción Internacional (a la que perteneció el Partido Socialista Obrero Español) y se disolvió en 1923 con la Segunda, con lo que se creaba la Internacional Obrera y Socialista.

La KOMINTERN se creaba a instancias de Lenin y el Partido Comunista de Rusia (bolchevique), consecuencia directa del Partido Bolchevique de Lenin y Trotsky, escisión del Partido Obrero Social Demócrata de Rusia.

Es aquí donde empieza la historia de los Partidos Comunistas en Occidente, tanto por el inicio de la relevancia práctica como por la unificación de los criterios, al oficializar el órgano director común. No obstante, Trotsky y sus seguidores fundarían una Cuarta Internacional, al considerar inaceptable el rumbo tomado por Stalin.


[1] María Moliner, Diccionario de uso del español, Ed. Gredos (Madrid, 1968).

[2] Seguimos en este caso la teoría del profesor Gustavo Bueno y la escuela del materialismo filosófico, para quienes el término correcto sería éste, frente a los otros de Latinoamérica, Hispanoamérica o Sudamérica. Cada uno tiene sus connotaciones, pero parece que la más correcta es la que apela a los conquistadores de procedencia ibérica. Se incluyen así las conquistas portuguesas, con lo que Brasil no queda excluida, como de hecho a veces lo es, de la categoría de países.

[3] Para que un país entre en ella debe satisfacer los conocidos como «criterios de Copenhague», definidos en 1993 por el Consejo Europeo, en Copenhague. Estos exigen una democracia estable que respete los derechos humanos y el Estado de Derecho; una economía de mercado viable capaz de competir dentro de la UE, y la aceptación de las obligaciones de la adhesión, incluida la legislación de la UE.

[4] Esta federación estaba compuesta sobre todo por relojeros de las montañas del Jura, en Suiza. Fueron ellos quienes consiguieron la conversión anarquista del geógrafo ruso Piotr Kropotkin, creador del anarco-comunismo. En Memorias de un revolucionario nos da un testimonio sumamente interesante:

«En 1872, la Federación referida [la del Jura] se empezaba a rebelar contra la autoridad del consejo general de la Asociación Internacional de Trabajadores. Esta tenia esencialmente un carácter obrero, considerándola así los trabajadores, y no de partido político. En el este de Bélgica, por ejemplo, habían introducido en los estatutos una cláusula en virtud de la cual nadie que no hiciera un trabajo manual podría pertenecer a las secciones, quedando excluidos hasta los capataces.

»Los trabajadores eran, sin embargo, federales en principios; cada nación, cada región separada y hasta cada sección local debía quedar en libertad de desenvolverse según sus deseos; pero los revolucionarios de la clase media de la antigua escuela, que habían entrado en la Internacional, imbuidos como estaban con la noción de las sociedades secretas de los pasados tiempos centralizadas y organizadas piramidalmente, introdujeron las mismas nociones en la Asociación de los Trabajadores. Además de los consejos federales y nacionales, se nombró uno general, con residencia en Londres, destinado a servir como una especie de intermediario entre los de las diferentes naciones. Marx y Engels eran los dos inspiradores de éste; pero pronto se cayó en la cuenta de que el mero hecho de tener semejante organismo central se convertia en fuente de verdaderas dificultades. No contentándose el Consejo General con el papel de centro de correspondencia, intentó dirigir el movimiento, aprobando o censurando los actos, no sólo de las federaciones locales y secciones, sino hasta de los mismos individuos. Cuando empezó en París la insurrección de la Comuna -no pudiendo hacer los jefes más que dejarse ir, sin poder determinar dónde se haIlarian a las veinticuatro horas-, el Consejo General insistió en querer dirigirla desde Londres: pedia partes, diarios de los acontecimientos, daba órdenes, favorecía esto o düicultaba lo otro; poniendo así en evidencia la desventaja de tener un Centro Directivo, aun dentro de la Asociación, lo que se hizo más patente cuando en una Conferencia secreta, celebrada en 1871, el Consejo General, sostenido por algunos delegados, decidió dirigir las fuerzas de aquélla hacia la agitación electoral, dando esto lugar a que la gente se echara a pensar sobre los males de todo gobierno, por democrático que sea su origen. Esta fue la primera chispa del anarquismo, convirtiéndose la Federación del Jura en centro de oposición al Consejo General.

»La separación entre jefes y obreros, que yo había notado en Ginebra, en el Temple Unique, no existia en las montañas del Jura: habia allí un cierto número de hombres que eran más inteligentes y en particular más activos que los otros, pero nada más. James Guillaume, una de las personas más ilustradas y cultas que jamás he conocido, era un corrector de pruebas y el encargado de una pequeña imprenta, siendo tan poco lo que por este concepto ganaba, que tenia que emplear sus noches en traducir novelas del alemán al francés, por las que le pagaban ¡ocho francos cada diez y seis páginas!». (KRK Ediciones. Madrid, 2005).

[5] El primero de ellos fue también en París, en 1889. Después vendrían los de Bruselas, en 1891, Zúrich, en 1893, Londres, en 1896, París, en 1900, Ámsterdam en 1904, Stuttgart (Alemania) en 1907, Copenhague en 1910, Basilea en 1912 y Ginebra en 1920, ya que el de 1914 quedó suspendido y pospuesto por el inicio de la I Guerra Mundial.

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