Europeísmo en España. Una introducción

By Luis Erraiz

(Escrito con Jorge Pons para comenzar el blog Europeísta, página que recomendamos sin ninguna duda y que esperamos que sirva a lo que la hace nacer: el análisis del europeísmo en España)

Cuando hablamos de europeísmo nos referimos a una Europa alejada de las estructuras políticas de hoy, sin nada que ver con los mercaderes o el capitalismo servil a USA. Por eso el pretendido europeísmo de determinados sectores de la política española no lo tomaremos en cuenta. Hay quienes hablan de Europa queriendo decir Occidente, y hay que distinguir y aclarar los conceptos para evitar confusiones.

Occidente es el Primer Mundo, el poder del dinero. Son los países ricos en régimen económico endogámico. Hay un artículo de Claudio Finzi, titulado «Europa» y «Occidente»: dos conceptos antagónicos en el que la diferencia queda meridianamente clara, así que nos remitimos a él, ya que lo publicamos a continuación.

Por tanto el occidentalismo lo dejamos de lado, por inútil e insultante. La izquierda, con su concepción materialista del mundo, reniega de Europa como el capitalismo, viendo en ella una amenaza al orden mundial. Se estigmatiza de nuevo al hombre europeo, dando por sentado que sus acciones nunca serán para el «progreso». Como mucho toma a Europa como un mero concepto geopolítico inservible para lo que nos proponemos.

Solo quedan dos campos: derecha heterodoxa y fascismos. De la primera lo más conveniente es hablar de la Nueva Derecha, y de lo segundo, nos referiremos al nacionalismo revolucionario.

Europa en los fascismos españoles a partir de 1945

La recepción del pensamiento euro-revolucionario en España tiene lugar, sobre todo, en la década de los ochenta, con grupos como Bases Autónomas, Joven Europa o CEDADE. Esto es lógico, ya que hasta ese momento todo el panorama del patriotismo revolucionario español estaba copado por las diversas Falanges, que en modo alguno han asumido las tesis europeístas hasta finales del siglo XX (y, aun así, lo hacen de un modo estrafalario, como todo).

Es, pues, con CEDADE cuando entra la esencia de la conciencia europea en el mundo hispánico. Al amparo de este círculo publicó Jorge Mota su libro Hacia un socialismo europeo en 1974, donde habla de España como nuestra madre y Europa como novia (clarísima demostración de que una patria es fruto de la voluntad, pues ¿qué es el amor, sino voluntad?), y de que no hay que escatimar esfuerzo alguno por lograr la ansiada unidad europea. No la del Mercado Común, claro, que es el «separatismo de los poderosos», sino la de los pueblos que se unen para ayudarse y por Cultura, Raza e Historia.

He dicho CEDADE, creada en 1964, aunque esta era consecuencia del grupo que fundó Jean Thiriart en Francia en 1960 muy influido por el espíritu europeísta de Drieu. Él había conseguido el primer gran avance ideológico tras la muerte de los creadores del fascismo con su comunitarismo europeo, así que Joven Europa, en su sección española y a través de la revista Juanpérez, donde publicaron por primera vez históricos como Mota o Bochaca, se aglutinó a quienes más tarde serían los precursores cedadianos. Pero dada la escasa trascendencia de los españoles de Joven Europa en comparación con la relevancia internacional de CEDADE, creemos que esta fue la que realmente recibió y trasmitió el europeísmo a los revolucionarios españoles.

Como decíamos, la gran innovación de Joven Europa fue, precisamente, tomar a Europa como un solo ente por el que luchar. Ya no se trataba ya de coordinar a las fuerzas de los diferentes Estados, sino de hacer un solo grupo que luchara por un mismo territorio.

Tenemos, entonces, que el nacionalismo revolucionario europeo lo introdujo en España la Joven Europa de Thiriart, siendo CEDADE quien lo difundió. Bases Autónomas, ya en los años noventa, regenerará el nacionalismo revolucionario llevando a la acción lo que otros teorizaban. Fueron los años del activismo constante, que sin embargo lo que provocó fue desligar a la comunidad militante de la base social que rentabilizaría sus esfuerzos. Un error que se repite constantemente en los movimientos alternativos españoles.

La Nueva Derecha en la recepción europeísta

La Nouvelle Droite nace en Francia como consecuencia de los desvaríos de la derecha clásica y de la coincidencia de una serie de intelectuales especialmente formados y dispuestos para entablar una batalla ideológica. Es así como, recogiendo el pensamiento de Drieu y Thiriart, se presentan como la derecha europeísta, pagana y tradicional, frente a la nacionalista, liberal y cristiana.

Pero a Thiriart solo lo utilizan en cuanto teorizó sobre la realidad de Europa y su necesidad. Quien fue sobre todo usado -y lo sigue siendo- es Julios Evola, que con su pensamiento tradicional está en los altares de la nueva derecha española y de parte del fascismo más innovador o excéntrico.

Dado que el fascismo español carece de teóricos de categoría, y cuando los tiene (porque ahora los hay) son completamente desoídos, los fascistas de a pie se guían por los teóricos de la Nueva Derecha, siendo así que Ruiz Portella puede tener más relevancia que Sigfredo Hillers (si se le permite estar entre los fascistas, cosa que dudamos), por poner un ejemplo.

De todas formas, el europeísmo de los grupos se demuestra «europeizando», cosa que ninguno ha hecho. Se han intentado infinidad de grupos (Frente Nacional Europeo, Frente Europeo de Liberación, Nuevo Orden Europeo, Euronat, Movimiento Social Europeo,…) pero ninguno ha tenido relevancia alguna a nivel organizativo, en capacidad movilizadota o en producción ideológica.

Conclusión

Todavía no existe una conciencia de la necesidad europea en ningún grupo político que trascienda los cenáculos subversivos. Si bien existen condiciones en los movimientos alternativos nacional-revolucionarios e ideas en la Nueva Derecha, no se ha llegado al punto de madurez necesario.

“Europa” y “Occidente”: dos conceptos antagónicos, por Claudio Finzi

Nuestros hombres políticos y nuestros intelectuales hablan continuamente de Europa y Occidente, como si estuviera claro que la primera sería lo mismo que el segundo. El Occidente, en tal acepción, indicaría así un conjunto formado por los países de Europa, sobre todo de Europa Occidental, y Estados Unidos de América, con el apéndice canadiense. En otras palabras, el Occidente coincide con los limites de la OTAN.

Pero si examinamos el origen del término “Occidente”, no en el sentido geográfico obviamente, sino en sentido político, descubrimos algo muy diferente de esta acepción “otanica”: a principios del siglo XIX, en Estados Unidos de América, esta expresión nació, no para englobar Europa en un contexto atlántico más extenso, sino, al contrario, para que el joven Estado americano tomara sus distancias frente a los países del Viejo Continente.

Encontramos los primeros rastros de esta distinción en los discursos de los unos de los más interesantes Presidentes americanos, Thomas Jefferson, cuyo aniversario 250 de nacimiento se celebró en 1993. Ya en 1808, Jefferson afirmaba que América era un “hemisferio separado”; a continuación, en 1812, y más claramente aún en 1820, proponia un meridiano destinado a separar para siempre “nuestro hemisferio” de Europa. En el hemisferio americano, profetizaba, es decir, el hemisferio occidental, “el león y el cordero vivirán en paz uno con otro”.

La etapa siguiente fue la de la famosa declaración del Presidente Monroe, el 2 de diciembre de 1823, por la cual prohíbe a toda potencia europea intervenir en el hemisferio occidental-americano. Desde entonces, la afirmación de esta especificidad occidental-américana fue in crescendo, hasta las posiciones adoptadas por el Presidente Teodoro Roosevelt a principios de nuestro siglo, luego a las declaraciones diplomáticas de 1940 y de la inmediata posguerra. Lo que cuenta, es que en todos estos discursos, en todas estas declaraciones, en todos estos documentos diplomáticos americanos, por hemisferio occidental, por Occidente, se entiende algo radicalmente opuesto a Europa. No se trata solamente de indicar y delimitar una esfera de influencia o una zona de defensa en la cual se excluye la presencia de todo enemigo potencial. Si tal era el caso, el Occidente solo sería una de estas innumerables denominaciones utilizadas en política y en diplomacia para definir un lugar o una situación geográfica o estratégica.

Se trata mas bien de otra cosa. Realmente, la idea de demarcar un meridiano que separaría a Europa de Occidente se basa en la idea de que Occidente, es decir, América considerada como Occidente en comparación con Europa, sería básicamente diferente de Europa en su esencia y su proposito. Esta idea se basa pues en la presunción que esos dos mundos, el viejo y el nuevo, son radicalmente diferentes por naturaleza, según la tradición y la moral. En tal contexto, América termina siendo diferente de Europa, porque América es la tierra de la igualdad y la libertad, opuesta a Europa, de tierra donde existen estratificaciones sociales y donde reina la opresión. América, definida como Estados Unidos de América, es la tierra donde el hombre bueno consiguió crear un orden social y político buenos, mientras que Europa es la tierra del defecto y la corrupción; América es la tierra de la paz, Europa, la de la discordia y la esclavitud.

El meridiano, que debería separar el Occidente de Europa, reviste pues una función de conservación de los “buenos” contra los “malos”, indica una oposición radical e insuperable, al menos mientras Europa no renuncie a sus “perversidades” (¿eso será algun día posible?).

Este tipo de razonamiento encuentra sus raíces en las más antiguas tradiciones políticas americanas, las de los padres fundadores. Recuerdemos que ellos eran puritanos, protestantes extremistas, animados por una profunda fe en Dios y en sí mismos, porque creían haber sido elegidos por este, obligados a abandonar Inglaterra para escapar a las persecuciones y a los contactos entre los protestantes corrompidos y los papistas diabolicos. Para ellos, América era una tierra virgen, donde podían construir un nuevo mundo, un mundo de los “puros”, un mundo para el pueblo de Dios, un mundo liberado de las normas impias de Europa, afortunadamente separado de ésta por millares de millas de océano.

Dios pues había dado América a sus habitantes y éstos debían guardarla pura, libre de todas las torpezas europeas que acababan de abandonar. La Doctrina de Monroe y el concepto de “hemisferio occidental” son la transposición política y laicizada al compás de las décadas, de esta mentalidad que, al principio, era religiosa y que aspiraba a una separación más neta con Europa.

Los que, hoy, utilizan indiferentemente los términos “Europa” y “Occidente”, como si fueran sinónimos, o como si el segundo incluye a la primera, y adoptan este uso erróneo, cometen un grave error histórico y político. En tanto que aceptan, consciente o inconscientemente, la visión americana del mundo, esperando de este modo que Europa haya entrado completamente en Occidente.

Me parece bien de destacar el siguiente hecho: en la definición de Occidente, tal como nació en Jefferson, se inscriben inmediatamente las dos formas americanas de concebir las relaciones internacionales, de las que se tiene el hábito de considerar erroneamente como exclusivas una de la otra: el intervencionismo y el aislacionismo. En efecto, si el Occidente está “bien”, singifica que el mundo no infectado por las perversidades europeas, entonces es necesario sacar dos consecuencias. Por una parte, puede decidir volver a encerrarse en sí mismo, para impedir el contagio externo; por otra parte, puede decidir salir de su propia trinchera para lanzarse y “salvar al mundo”. Es esta segunda política la que prevaleció en la historia americana, sobre todo porque la idea de un Occidente incorruptible se unió a la del “destino manifiesto” de los Estados Unidos (esta expresión se forjó en 1845 durante el conflicto que se oponía a los EE.UU a Inglaterra por el Oregon) para constituir el peor de los imperialismos.

Así pues, toda la acción americana sobre el continente americano es justificada en la defensa de los intereses de los Estados Unidos; toda acción en ultramar es una “misión” del Bien para salvar el mundo. Mientras que la recíprocidad no vale para los Europeos, portadores el “mal”, que no podrán nunca introducirse de buen derecho en los asuntos del continente americano, como lo pretendía precisamente la Doctrina de Monroe, que prohibía a los Europeos todo movimiento al Oeste del meridiano “separador”. Los que hoy en Europa se imaginan como paladines de Occidente, son simplemente individuos que se integraron en el modo de vida y en el espiritu de los Americanos y que, consciente o inconscientemente, consideran haber sido “salvados” y “liberados” por ellos.

Realmente, se sometieron a los americanos, renunciando a las tradiciones europeas.

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